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miércoles, 10 de noviembre de 2010

"...tomad sobre vosotros toda mi armadura..."

Obispo Mauro A. Rosell.

Conferencia de Estaca Bahía Blanca Argentina, sesión del Sábado por la Tarde.

Sábado 6 de noviembre de 2010.



Trabajar en un laboratorio de microbiología conlleva riesgos graves, tanto para la salud personal como la de la comunidad. Basta recordar las grandes epidemias producidas por bacterias o virus, como la reciente gripe A, por ejemplo, para darnos cuenta lo vulnerables que somos a estos seres invisibles. Precisamente esa es su cualidad más peligrosa: no se ven a simple vista, por lo que se debe estar atento para prevenir este tipo de enfermedades.
Hace unos años, un trabajador de un laboratorio sufrió un accidente, aparentemente inofensivo, pero que podría haber tenido consecuencias trágicas. La mascota de la familia enfermó de repente y murió, y días después uno de sus hijos comenzó con síntomas que los médicos asociaron con tuberculosis. Este trabajador había sufrido un tiempo atrás un derrame accidental de material contaminado con Mycobacterium tuberculosis, la bacteria que provoca esta enfermedad. Parte del material derramado había salpicado uno de sus zapatos, y es mancha pasó desapercibida para él y para los demás operarios del laboratorio. Al llegar a su casa, su perro como de costumbre, lo recibió con alegría, lamiendo sus zapatos. De esa manera, el animal adquirió la enfermedad, que posteriormente contagió al niño que pasaba horas jugando con él. Gracias a los avances en terapias antibióticas, la tuberculosis dejó de ser la epidemia mortal que era hace unas décadas atrás, y esto, junto con la rápida respuesta médica, salvó la vida del pequeñito.
Sin duda alguna, ninguno de nosotros dejaría entrar a nuestros hogares algo que fuera perjudicial para nosotros o nuestras familias. Aún así, es muy difícil evitar que nuestros hijos o nosotros mismos estemos expuestos a peligros invisibles, ya que los microorganismos esperan en casi cualquier sitio: en las escuelas, transportes, plazas, y aún en nuestros propios hogares.
De manera similar, existen peligros ocultos para la salud espiritual de las personas, cuyo efecto a largo largo plazo es mucho más perjudicial ya que implican nuestro bienestar eterno. El contraer algunas de estas enfermedades espirituales pone en peligro nuestra relación con Dios, y la posibilidad de vivir eternamente con Él.
La edad actual es una de búsqueda de placeres”, escribió el Élder James E. Talmage, “y los hombres están perdiendo el equilibrio mental en su carrera desenfrenada hacia las sensaciones que no hacen más que excitar y desilusionar. En estos tiempos de falsificaciones, adulteraciones y viles imitaciones, el diablo está más ocupado que en cualquier otra época de la historia humana, inventando placeres, viejos así como nuevos; éstos son los que pone en venta de la manera más atractiva, designándola con el falso nombre de felicidad.1
El Élder Talmage escribió esto a principios del siglo XX, y podemos constatar que esa tendencia no ha hecho sino aumentar. Satanás ha redoblado sus esfuerzos para hacer que las personas sean miserables como él lo es.2 En la era de las comunicaciones globales, del internet y la televisión satelital, las acechanzas del enemigo encuentran medios más que eficaces para colarse cual virus patógenos en millones de hogares, y arruinar las vidas de sus habitantes, cegando su visión y vendiéndole falsas imitaciones de la felicidad. La inmoralidad sexual, la pornografía e ideas falsas sobre la familia, flotan en los medios actuales, listos para colarse en las mentes y los corazones que dejan la puerta abierta. El Élder Jeffrey R. Holland advirtió:
El peligro disponible al clic de un ratón, incluso lo que pueda ocurrir en un encuentro de una sala de conversación virtual, no hace acepción de personas, hombre o mujer, joven o anciano, casado o soltero; y sólo para asegurarse de que la tentación esté cada vez más accesible, el adversario está ocupado extendiendo su cobertura, como lo dicen en la industria, a los teléfonos celulares, los videojuegos y los reproductores MP3.3
Así como la ciencia y la medicina luchan constantemente para encontrar medios de control eficaces a los agentes causales de enfermedades, el Señor nos ha dado herramientas para discernir la verdad del error, y protegernos a nosotros y a nuestras familias de los engaños del diablo. Para controlar muchas enfermedades, a veces sólo es necesario un principio básico y sencillo como seguir normas de higiene. Millones de vidas podrían salvarse en todo el mundo solamente con garatizar el acceso al agua potable y enseñanado una práctica fundamental como lavarse las manos regularmente. Por simple que esto parezca, puede protegernos de infecciones graves. De la misma manera, principios básicos y sencillos, como la lectura diaria de las escrituras4, la oración personal y familiar5, la noche de hogar, pueden protegernos de las infecciones espirituales. Esas pequeñas cosas6 fortalecen nuestro espíritu y nuestra comunicación con el Padre, así como el dejar de hacerlas favorecen la pérdida de esa sutil comunicación y debilitan progresivamente nuestras defensas contra el mal. Satanás aprovecha esas pequeñas cosas, aparentemente inofensivas, para socavar nuestras fortalezas:
...recuerden que el único control real en la vida es el autocontrol. Ejerciten más control incluso en los momentos dudosos que afronten. Si un programa de televisión es indecente, apáguenlo; si una película es grosera, váyanse; si se está estableciendo una relación indebida, rómpanla. Muchas de estas influencias, por lo menos inicialmente, tal vez no sean malas, pero pueden nublar nuestro juicio, disminuir nuestra espiritualidad y llevarnos a algo que podría ser malo.7
El Señor ha proveído de métodos eficaces para fortalecernos y fortalecer nuestra relación con Él. Los convenios del Evangelio son esos métodos. “Para que los miembros de la Iglesia disfruten de las bendiciones de un pueblo del convenio”, dijo el Élder James E. Faust, “la Ley del Señor debe estar escrita en sus corazones. ¿Cómo pueden lograrlo cuando hay tantas influencias que indican a nuestros hijos y a nuestros nietos que lo malo es bueno y lo bueno es malo? Desearíamos que todos los padres y madres, ..., fueran mejores ejemplos en lo que concierne a guardar los mandamientos de Dios. Si el padre y la madre protegieran a su familia tanto como fuera posible, de las diversas influencias que nos acechan, sus hijos estarían mucho más a salvo.8
En la medida en que nos esforcemos por recibir los sagrados convenios del Evangelio, y honremos nuestras promesas recibiremos fortaleza espiritual, no sólo para nosotros, sino también para nuestros hijos. Descuidemos esos convenios, y lentamente dejaremos de sentir y caeremos bajo el poder del enemigo de toda rectitud. Como líderes en la Iglesia, pesamos a veces que podemos hacer para fortalecer a aquellos que se encuentran débiles y alejados. La respuesta es sencilla: debemos ayudarlos a hacer convenios y guardalos. El Presidente Gordon B. Hickley ha dicho: “Si tan sólo la gente pudiera aprender a vivir por medio de esos convenios, todo los demás se arreglaría por sí solo.9
Nuevamente, el presidente Faust: “Las ordenanzas y los convenios nos ayudan a recordar quiénes somos y nuestro deber para con Dios. Son los medios que el Señor ha proporcionado para que nos conduzcan a la vida eterna. Si los honramos, Él nos dará renovada fuerza.10
Si bien el deber de proteger a nuestras familias de los males espirituales concierne a todos sus integrantes, los poseedores del sacerdocio llevamos la responsabilidad principal, por esta autoridad que el Señor nos ha confiado. El Élde Boyd. K. Packer hizo un llamado a los padres de la Iglesia: “Ahora bien, padres, quisiera recordarles la naturaleza sagrada de su llamamiento. Se les ha dado el poder del sacerdocio directamente del Señor para proteger su hogar. Habrá ocasiones en que el único escudo que haya entre su familia y la malicia del adversario será ese poder. Ustedes recibirán dirección del Señor por medio del don del Espíritu Santo.11
A medida que, como padres en Sión, honremos nuestros convenios, llevemos adelante los principios básicos y sencillos del evangelio, estaremos creando hábitos en nuestra posteridad que fomentarán su fortaleza espiritual. “Por tanto, alzad vuestros corazones y regocijaos, y ceñid vuestros lomos y tomad sobre vosotros toda mi armadura, para que podáis resistir el día malo, después de haber hecho todo, a fin de que podáis persistir.
Seguid firmes, pues, estando ceñidos vuestros lomos con la verdad, llevando puesta la coraza de la rectitud y calzados vuestros pies con la preparación del evangelio de paz, el cual he mandado a mis ángeles que os entreguen;
tomando el escudo de la fe con el cual podréis apagar todos los dardos encendidos de los malvados y tomad el yelmo de la salvación, así como la espada de mi Espíritu, que derramaré sobre vosotros, y mi palabra que os revelaré...
12

Notas:
1 James E. Talmage, “Jesús el Cristo”, pág. 262.
2 véase 2 Nefi 2:27.
3 Elder Jeffrey R. Holland, “No hay lugar para el enemigo de mi alma”, Liahona Mayo de 2010, pag. 44.
4 véase 2 Nefi 32:3
5 véase 3 Nefi 18:21.
6 véase Alma 37:6
7 Elder Jeffrey R. Holland, ibid.
8 James E. Faust, “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón”, Liahona Julio de 1998, pág. 17-20.
9 Gordon B. Hinckley, “Teachings of G. B. Hinckley”, 1997, pág. 147.
10 James E. Faust, ibid.
11 Boyd K. Packer, “El poder del sacerdocio”, Liahona Mayo de 2010, págs. 6-10.
12 Doctrina y Convenios 27:15-18.

sábado, 14 de agosto de 2010

"...no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios..."

Obispo Mauro A. Rosell
Mensaje del Obispado en la Conferencia Anual del Barrio Villa Serra
El 20 de junio de 1820 fallecía en Buenos Aires uno de los principales actores de los sucesos libertadores de Argentina, el General Manuel Belgrano. A pesar de ser un personaje destacado en la revolución de mayo, y en las guerras de independencia, Belgrano murió en la pobreza. En parte esta condición se debía a su generosidad y desinterés. De él declaró Domingo Faustino Sarmiento:
General sin las dotes del genio militar, hombre de estado sin fisonomía acentuada... sus virtudes fueron la resignación y la esperanza, la honradez del propósito y el trabajo desinteresado.
El general José María Paz también reconoció sus virtudes:
Belgrano no tenía, como él mismo lo ha dicho, grandes conocimientos militares, pero poseía un juicio recto, una honradez a toda prueba, un patriotismo puro y desinteresado, el más exquisito amor al orden, un entusiasmo decidido por la disciplina y un valor moral que jamás se ha desmentido.”
De los miembros de la Primera Junta, él fue el único que renució al sueldo que le correspondía, y se mantenía con el salario de militar. Como recompensa por su labor como comandante del Ejército del Norte, había recibido cuatro mil pesos en terrenos fiscales, lo que hubiera bastado para pasar el resto de su vida sn problemas económicos. Sin embargo, Belgrano donó ese monto para el equipamiento de escuelas en el norte del país. En su lecho de muerte, entregó una de sus pocas posesiones valiosas, un reloj de oro, al médico que lo atendía por carecer de otros recursos para pagarle. Para la tumba del patriota, sus familiares debieron retirar una placa de mármol de un mueble de la casa y usarla como lápida.
Como muchos patriotas americanos, Manuel Belgrano creía firmemente que su obra de liberación de los países americanos era inspirada por Dios. En ocasión de ser bendecida la bandera por primera vez en Jujuy, el 25 de mayo de 1812, Belgrano declaró:
“... no es obra de los hombres, sino de Dios Omnipotente, que permitió a los americanos que se presentase la ocasión de entrar al goce de nuestros derechos. Pero esta gloria debemos sostenerla de un modo digno, con la unión, la constancia y el exacto cumplimiento de nuestras obligaciones hacia Dios, hacia nuestros hermanos, hacia nosotros mismo; a fin de que haya de tener a la vista para conservarla libre de enemigos y en el lleno de su felicidad.
“... soldados de la patria: no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios; que El nos ha concedido esta Bandera, que nos manda la sostengamos, y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y decoro que le corresponde. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, y nuestros conciudadanos, todos, todos, fijan en vosotros la vista y deciden que a vosotros es a quienes corresponderá todo su reconocimiento si continuáis en el camino de la gloria que os habéis abierto
.”

La verdad revelada enseña que, verdaderamente, la liberación de los paises americanos del dominio europeo constituye una preparación necesaria para la restauración del Evangelio. En el Libro de Mormón, Nefi vió en una visión profética el descubrimiento de América, la tierra prometida, y las posteriores luchas de la independencia:
miré, y vi entre los gentiles a un hombre que estaba separado de la posteridad de mis hermanos por las muchas aguas; y vi que el Espíritu de Dios descendió y obró sobre él; y el hombre partió sobre las muchas aguas, sí, hasta donde estaban los descendientes de mis hermanos que se encontraban en la tierra prometida.
Y aconteció que vi al Espíritu de Dios que obraba sobre otros gentiles, y salieron de su
cautividad, cruzando las muchas aguas.
” (Nefi 13:12-13 )
Y vi que las madres patrias de los gentiles se hallaban reunidas sobre las aguas, y sobre la tierra también, para combatirlos.
Y vi que el poder de Dios estaba con ellos, y también que la ira de Dios pesaba sobre todos aquellos que estaban congregados en contra de ellos para la lucha.
“Y yo, Nefi, vi que los gentiles que habían salido de la cautividad fueron librados por el poder de Dios de las manos de todas las demás naciones.
Y ocurrió que yo, Nefi, vi que prosperaron en la tierra.” (1 Nefi 13:17-19)
Los patriotas americanos propugnaron la libertad religiosa, condición indispensable para que la incipiente semilla del evangelio pudiera germinar, crecer y extenderse por el mundo, en medio de la abundante hierba de las doctrinas de los hombres. Así, en la primera mitad del siglo XIX, las condiciones estaban dadas para “...establecer los cimientos de esta iglesia y de hacerla salir de la obscuridad y de las tinieblas, la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra...” (D.y C. 1:30 )
Esta dispensación del cumplimiento de los tiempos tuvo su apertura con la aparición del Padre y el Hijo al joven José Smith. Después, el ángel Moroni le mostró a José dónde se habían enterrado las planchas que contenían el Libro de Mormón. A José se le dio poder para traducirlas. Durante la traducción, José y Oliver Cowdery leyeron acerca del bautismo. Oraron para saber qué debían hacer. El 15 de mayo de 12829, a orillas del río Susquehanna Se les apareció un mensajero angelical, Juan el Bautista, el cual declaró:
Sobre vosotros, mis consiervos, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del
ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados...
” (D.y C. 13:1 )
Los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, a quienes el Señor entregó las llaves de Su Iglesia durante Su ministerio, se les aparecieron a continuación y confirieron sobre José y Oliver el sacerdocio
mayor, o “el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios.” (D. y C. 107:3)
El sacerdocio es la autoridad y el poder que Dios ha concedido a los hombres sobre la tierra para actuar por Él. Cuando la autoridad del sacerdocio se ejerce como es debido, los portadores del sacerdocio hacen lo que Él haría si estuviera presente.
Mediante las llaves del sacerdocio, tuvieron acceso a todos los poderes del cielo. Nunca ha sido fácil vivir el evangelio de Jesucristo. No fue fácil cuando Él vivía, ni fue fácil en los primeros
días de la Iglesia. Los primeros santos estuvieron sujetos a un sufrimiento y a una oposición indescriptibles. La obra del Señor avanzó lentamente durante mucho tiempo, pero la autoridad y el poder del Sacerdocio constituyeron su cimiento, y constituyen su fortaleza en todos los tiempos. En una reunión realizada en Buenos Aires en julio de 1926, cuando apenas había un puñado de santos en Argentina, el Élder Melvin J. Ballard hizo la siguente declaración profética:
La obra del Señor se llevará a cabo aquí en forma lenta por cierto tiempo, tal como un roble crece lentamente desde una bellota. No florecerá en un día como el girasol, que se desarrolla rápidamente y luego muere, pues miles se uniran a la Iglesia.
Y así sucedió. Y la fortaleza actual de la Iglesia en esta tierra prometida y en todo el mundo reside en su autoridad divina del Sacerdocio, y en la rectitud y fidelidad personal de cada uno de los santos. El profeta Nefi también dijo que “el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero y sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra”, y dijo que “tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria." (1 Nefi 14:14)
Así como la fortaleza de una muralla reside en la fortaleza indivdual de cada uno de los ladrillos que la componen, así debemos edificar este reino al fortalecer a cada uno de los santos. Necesitamos a todos. Los cansados, agotados o perezosos, e incluso quienes estén limitados por la culpa, deben ser restaurados mediante el arrepentimiento y el perdón. Demasiados de nuestros hermanos del sacerdocio viven por debajo de sus privilegios y de las expectativas del Señor. Debemos avanzar confiando en el poder celestial del sacerdocio. Es una fuente de fortaleza y ánimo saber quiénes somos, qué tenemos y qué debemos hacer en la obra del Todopoderoso.
El presidente Harold B. Lee declaró: “Me parece que es claro que la Iglesia no tiene opción —y nunca la ha tenido— sino hacer más para ayudar a la familia a cumplir con su misión divina; no sólo porque es el orden de los cielos, sino, además, porque es la contribución más práctica que podemos hacerle a nuestra juventud: ayudar a mejorar la calidad de vida de los hogares Santos de los Últimos Días. A pesar de lo importante que sean nuestros muchos programas y esfuerzos organizacionales, éstos no deben suplantar al hogar; deben apoyar al hogar.
El presidente Joseph F. Smith hizo la siguiente declaración acerca del sacerdocio en el hogar: “En el hogar, la autoridad presidente es siempre investida en el padre, y en todos los asuntos del hogar y de la familia no hay otra autoridad mayor.
El Élder Boyd K.Packer hizo este pedido: “Dado que el sacerdocio está actualmente en todo el mundo, llamamos a todo élder y sumo sacerdote, a todo poseedor del sacerdocio, a permanecer, ..., cada uno en su lugar. Ahora debemos reavivar en todo élder y sumo sacerdote, en todo quórum y grupo, y en el padre de todo hogar, el poder del sacerdocio del Todopoderoso. Los quórumes del sacerdocio deben ministrar y velar por los hogares que no tienen el sacerdocio. De esta manera, no faltará ninguna bendición en ninguna morada de la Iglesia.
No hay dudas de que la obra del Señor prevalecerá. Y es sabido que debemos reunir todos nuestros esfuerzos y estar unidos. La autoridad del sacerdocio está con nosotros. Ahora es nuestra la responsabilidad de activar el poder del sacerdocio en la Iglesia. La autoridad del sacerdocio viene por medio de la ordenación; el poder del sacerdocio viene mediante una vida fiel y obediente al honrar convenios, y aumenta al ejercitar y usar el sacerdocio en rectitud. Ahora bien, padres, quisiera recordarles la naturaleza sagrada de su llamamiento. Se les ha dado el poder del sacerdocio directamente del Señor para proteger su hogar. Habrá ocasiones en que el único escudo que haya entre su familia y la malicia del adversario será ese poder. Ustedes recibirán dirección del Señor por medio del don del Espíritu Santo.
En la actualidad, el adversario no está atacando nuestras congregaciones con muchedumbres enardecidas, que saquean, persiguen y matan a los santos, e incendian y destruyen sus lugares sagrados. En general, tenemos la libertad de reunirnos según nuestros deseos, y de practicar libremente nuestras creencias sin mucha interrupción. Pero él y aquellos que lo siguen han encontrado una forma tan sutil como eficaz de entorpecer la obra del Señor: son persistentes al atacar al hogar y a la familia.
El objetivo principal de toda actividad de la Iglesia es que el hombre, su esposa y sus hijos sean felices en el hogar, protegidos por los principios y las leyes del Evangelio, sellados de manera segura en los convenios del sacerdocio sempiterno. Cada ley, y principio y poder, cada creencia, cada ordenanza y ordenación, cada convenio, cada discurso y cada Santa Cena, cada consejo y corrección, los sellamientos, los llamamientos, los relevos, el servicio: todos tienen como propósito principal la perfección de la persona y la familia, porque el Señor ha dicho: “Ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (Moisés 1:39)
Cuan aplicables son, entonces las ya casi bicentenarias palabras de Manuel Belgrano: “no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios; que El nos ha concedido esta Bandera, que nos manda la sostengamos, y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y decoro que le corresponde. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, y nuestros conciudadanos, todos, todos, fijan en vosotros la vista y deciden que a vosotros es a quienes corresponderá todo su reconocimiento si continuáis en el camino de la gloria que os habéis abierto.
Nuestra obra es de Dios. La bandera que nos ha concedido es el estandarte del Evangelio, y nos manda que mantengamos en alto estas verdades al vivir dignos de ellas y de la confianza que se nos ha concedido, “...en memoria de nuestro Dios, nuestra religión, y libertad, y nuestra paz, nuestras esposas y nuestros hijos...” (Alma 46:12)

Monumento al General Manuel Belgrano, Plaza de Mayo, Buenos Aires

viernes, 2 de abril de 2010

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

Existe un hermoso poema anónimo inglés del siglo XIV llamado Pearl (Perla), que constituye una de las elegías medievales más conmovedoras. Tomando la imagen de un joyero que ha perdido su perla en un huerto, éste describe a un padre lamentándose por su hija pequeña muerta en el cementerio donde está enterrada. Se queda dormido con la cabeza sobre el túmulo de su tumba y es arrebatado a una tierra extraña donde toda su pena desaparece de pronto, y donde para su regocijo ve a su hija perdida frente a él, en la otra orilla de un río.


Que triste ha estado, dice él; no tenías necesidad de ello, replica la chica. Bastante cierto, asiente él, porque la ha encontrado y vivirá con ella en alegría a partir de entonces; no, dice la hija, ella no está allí, él no puede reunirse con ella, no puede cruzar el río. No me envíes de nuevo a casa, ruega él. ¿Por qué siempre estás hablando de pena?, pregunta ella con firmeza. Ante esto, el padre abandona su papel activo y se humilla, pero repite su pena en la apología:


“Has sido para mí tanto alegría como dolor,
mas la pena ha sido mucho mayor;
nunca supe, una vez fuiste apartada de los peligros de este mundo,
donde había marchado mi perla.
Pero ahora que lo veo, mi tristeza está aliviada.
Y cuando fuimos separados, no había discordia entre nosotros.
Dios prohíba que ahora nos enfademos el uno con el otro,
nos encontramos tan rara vez entre los árboles y las piedras...”
1

Encontrarse "tan rara vez entre los árboles y las piedras", representa una metáfora bastante acertada de la desesperanza y de la separación definitiva. Al final del poema, el padre se dará cuenta de que el río era la muerte y que el lugar en que se encontraba su hija era una premonición del Paraíso. Mucho más cerca en el tiempo, otra poema llamado Hacia el oeste expresa una idea y una pena similar:

“Recuesta tu atribulada cabeza
la noche ya cae, has llegado al final de tu jornada.
Duerme, y sueña con aquellos que te precedieron.
Están llamándote desde una playa distante.
¿Por qué lloras? ¿Qué son esas lágrimas en tu rostro?
Pronto verás que todos tus temores desaparecen,
seguro en mis brazos, sólo estás durmiendo.
La esperanza se desvanece en el mundo de la noche
Las sombras caen más allá de la memoria y el tiempo.
No digas que has llegado al final
Las costas de luz te llaman, tu y yo volveremos a encontrarnos
Y estarás aquí, en mis brazos, sólo durmiendo.”
2
Esta canción describe, mediante la tierna consolación de un narrador anónimo, el sutil trance de la muerte. Nuevamente, la separación de la vida se representa como el agua intermedia, en este caso el mar. Esta idea del agua que el viajero debe atravesar al finalizar su vida para llegar al paraíso, así como el simbolismo del oeste como la tierra de los muertos, son recurrente en muchas culturas.
En ambos poemas se describe una de los dilemas que han preocupado a la humanidad desde los albores de los tiempos. ¿Qué sucede con nosotros cuando morimos? ¿Algo perdura en el tiempo más allá de este cuerpo mortal? ¿Volveremos a ver alguna vez a nuestros seres queridos que ya han partido? O, como lo expuso Job en la antigüedad:
Mas el hombre morirá y yacerá inerte;
y perecerá el hombre, ¿y dónde estará él?
Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?
3

Las doctrinas del Libro de Mormón en cuanto a la muerte y la resurrección.

Esa angustia ante la separación y lo desconocido es parte esencial de nuestro estado caído. El Señor enseñó a Moisés:

Y él les dijo: Por motivo de que Adán cayó, nosotros existimos; y por su caída vino la muerte; y somos hechos partícipes de miseria y angustia. 4

La miseria y angustia a la cual se refiere Moisés no es sólo la que provocan el temor a lo desconocido y el dolor por la separación. Llegamos a ser miserables porque la muerte física nos separa de Dios, y constituye una barrera infranqueable en nuestro retorno a nuestro hogar Celestial.5 En Su misericordia, el Señor reveló a través de sus Profetas importantes verdades acerca de la oscuridad de la muerte, para que no tengamos miedo, y podamos cumplir nuestros propósitos en esta vida con esperanza de un mundo mejor. 6 Como en muchos otros asuntos, El Libro de Mormón brinda claridad sobre lo que sucederá con nosotros en el momento de la muerte y la resurrección.

Porque así como la muerte ha pasado sobre todos los hombres, para cumplir el misericordioso designio del gran Creador, también es menester que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor.7


Mas he aquí, las ligaduras de la muerte serán quebrantadas; y el Hijo reinará y tendrá poder sobre los muertos; por tanto, llevará a efecto la resurrección de los muertos.8

Ahora bien, hay una muerte que se llama la muerte temporal; y la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte.
El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma, tal como nos hallamos ahora; y seremos llevados ante Dios, conociendo tal como ahora conocemos, y tendremos un vivo recuerdo de toda nuestra culpa.
Pues bien, esta restauración vendrá sobre todos, tanto viejos como jóvenes, esclavos así como libres, varones así como mujeres, malvados así como justos; y no se perderá ni un solo pelo de su cabeza, sino que todo será restablecido a su perfecta forma, o en el cuerpo, cual se encuentra ahora, y serán llevados a comparecer ante el tribunal de Cristo el Hijo, y Dios el Padre, y el Santo Espíritu, que son un Eterno Dios, para ser juzgados según sus obras, sean buenas o malas.
9


Ahora bien, respecto al estado del alma entre la muerte y la resurrección, he aquí, un ángel me ha hecho saber que los espíritus de todos los hombres, en cuanto se separan de este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida.10


...pero esto sí digo, que hay un intervalo entre la muerte y la resurrección del cuerpo, y un estado del alma en felicidad o en miseria, hasta el tiempo que Dios ha señalado para que se levanten los muertos, y sean reunidos el alma y el cuerpo, y llevados a comparecer ante Dios, y ser juzgados según sus obras.
Sí, esto lleva a efecto la restauración de aquellas cosas que se han declarado por boca de los profetas.
El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma.11


Siendo un joven misionero, una noche regresábamos a nuestro apartamento, cuando mi compañero y yo sentimos que debíamos golpear una puerta más. Un niño nos atendió en la puerta y nos dijo que su abuela no podía atendernos. Atisbamos por un costado de la puerta y vimos una señora llorando en la sala. Cuando preguntamos si necesitaba ayuda, ella nos contó que su hijo había muerto el día anterior en un accidente de autos, dejando a su esposa y tres niños. Expresó también que no podía soportar la angustia de la separación, y que incluso había pensado en suicidarse.
Buscando consolarla, compartimos la escritura en el capítulo 11 de Alma, en el Libro de Mormón: la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte. El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma, tal como nos hallamos ahora... Testificamos que, gracias al infinito sacrificio de Jesucristo, llegaría el día en que ella se encontraría nuevamente con su hijo, y tendría la oportunidad de vivir eternamente con él y toda su familia. Su expresión cambió, su mirada atribulada dejó lugar a un atisbo de esperanza reflejado en sus ojos. La esperanza que viene de escuchar la palabra que sana el alma herida. La esperanza que viene de escuchar la eterna verdad del Evangelio expresada en las sencillas palabras del Libro de Mormón.


La salvación de los muertos.


Así como las escrituras aclaran sobre lo que sucede luego de esta vida, también la palabra de los profetas enseñan acerca de la salvación que aguarda a los que murieron sin conocer el evangelio, y cuál será nuestra relación con nuestros seres queridos en la otra vida.

He aquí, yo os enviaré a Elías el profeta antes que venga el día grande y terrible del Señor;y él volverá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a sus padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con una maldición. 12

Concluida esta visión, se nos desplegó otra visión grande y gloriosa; porque Elías el profeta, que fue llevado al cielo sin gustar la muerte, se apareció ante nosotros, y dijo: He aquí, ha llegado plenamente el tiempo del cual se habló por boca de Malaquías, testificando que él [Elías el profeta] sería enviado antes que viniera el día grande y terrible del Señor, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres, para que el mundo entero no fuera herido con una maldición. Por tanto, se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación; y por esto sabréis que el día grande y terrible del Señor está cerca, sí, a las puertas. 13


Así se predicó el evangelio a los que habían muerto en sus pecados, sin el conocimiento de la verdad, o en transgresión por haber rechazado a los profetas. A ellos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos, y todos los demás principios del evangelio que les era menester conocer, a fin de habilitarse para que fuesen juzgados en la carne según los hombres, pero vivieran en espíritu según Dios. De modo que se dio a conocer entre los muertos, pequeños así como grandes, tanto a los inicuos como a los fieles, que se había efectuado la redención por medio del sacrificio del Hijo de Dios sobre la cruz. 14


Elías, cual fue profetizado en la antigüedad, restauró la autoridad para sellar las generaciones por todo el tiempo y por toda la eternidad. A través del profeta José Smith, las llaves que permiten que los lazos de amor perduren más allá de la muerte, se ponen a disposición de todos los que reciban las ordenanzas del Santo Templo.
Gracias a estas doctrinas y ordenanzas reveladas en estos últimos días, podemos comprender cabalmente la magnitud del sacrificio del Salvador, y de la esperanza que viene de poner nuestra fe en Él.
Y si Cristo no hubiese resucitado de los muertos, o si no hubiese roto las ligaduras de la muerte, para que el sepulcro no tuviera victoria, ni la muerte aguijón, no habría habido resurrección. Mas hay una resurrección; por tanto, no hay victoria para el sepulcro, y el aguijón de la muerte es consumido en Cristo.15


Con gozo, unimos nuestra voz a la de todos los santos profetas, y declaramos que Él vive. Jesucristo venció la muerte y abrió sus puertas para que todos puedan resucitar y ser juzgados. El apóstol Pablo declaró: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.16
En este tiempo de Pascua, en esta mañana gloriosa de la resurreción, resuenan en nuestros corazones las eternas palabras de Job: Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo.17


Notas:
1 “Pearl”, edición de E. V. Gordon, Oxford, Clarendon Press, 1953, traducción libre.
2 “In to the west”, letra de Fran Walsh, Howard Shore y Annie Lennox, traducción libre.
3 Job 14:10, 14
4 Moises 6:48
5 véase 2 Nefi 2:27-28; 9:8-9
6 véase Eter 12:4
7 2 Nefi 9:6
8 Mosíah 15:20
9 Alma 11:42-44
10 Alma 40: 11
11 Alma 40:21-23
12 3 Nefi 25:5-6
13 D. y C. 110:13-16
14 D. y C. 138:33-34
15 Mosíah 16:7-8
16 1 Cor. 15:55-56
17 Job 19:25

viernes, 14 de agosto de 2009

Sión florecerá, y la gloria del Señor descansará sobre ella.

Obispo Mauro A. Rosell
Discurso de la Conferencia Anual del Barrio Villa Serra.

El establecimiento de Sión es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas la edades del mundo. Es una causa por la que han trabajado, predicado y aún ofrendado sus vidas cientos de personas. Sin embargo, la edificación de la ciudad celestial requiere más que levantar muros y paredes: requiere edificar vidas, elevar los espíritus y purificar a los habitantes de Sión. Enoc en la antigüedad logró tal cometido, y la unidad y rectitud que logró su pueblo hicieron que fueran llevados al cielo por el Señor.
Tal como en nuestra época, Enoc y su pueblo vivieron en un tiempo de hostilidad e iniquidad. Pero los justos respondieron. “ Y el Señor llamó SIÓN a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18) La palabra porque es clave en este pasaje. Sión se establece y florece por la vida y las labores de sus habitantes. Sión no llega como un obsequio del cielo, sino que se funda en dos virtudes de su pueblo: ser uno en corazón y voluntad, y vivir en rectitud.
J.R.R. Tolkien escribió que “en verdad nada revela tan claramente el poder del Señor Oscuro como las dudas que dividen a quienes se le oponen.” (John R. R. Tolkien, “El Señor de los Anillos: la comunidad del Anillo”, pág. 480) Tolkien se refería a los personajes de su novela El Señor de los Anillos, pero el mismo razonamiento se aplica al pueblo del Señor. Nada revela más claramente el poder de Satanás que las dudas y divisiones que surgen entre los discípulos de Jesucristo. Un requisito para poder triunfar en la guerra entre el bien y el mal, es mantenerse unidos.
Cada vez que hablamos de establecer Sión, estamos invitando a las personas al Barrio, a la Estaca, a venir y esforzarnos en unión por establecer el Reino de nuestro Dios. No hay lugar para disputas y mezquindades. Para edificar esa Sión, debemos dejar de lado nuestro egoísmo, nuestros rencores, nuestro amor por la comodidad. En el proceso mismo del esfuerzo y las dificultades, llegamos a conocer mejor a nuestro Padre Celestial.
La rectitud y la pureza de corazón son cualidades inherentes a los habitantes de Sión. “Por tanto, de cierto, así dice el Señor: regocíjese Sión, porque esta es Sión: los puros de corazón...” (Doctrina y Convenios 97:21) Sión, el hogar, la Iglesia se vuelven entonces un refugio seguro contra la inmundicia y la inmoralidad reinantes en el mundo.
El siguiente es un relato de uno de los primeros y fieles constructores de la moderna Sión. John R. Moyle vivía en Alpine, Utah, a unos 35 kilómetros del Templo de Salt Lake, donde trabajaba como capataz de los artesanos durante la construcción del mismo. Para estar siempre en el trabajo a las 8:00 de la mañana, el hermano Moyle tenía que ponerse en camino alrededor de las 2:00 de la madrugada del día lunes. Terminaba la semana de trabajo a las 5:00 de la tarde del viernes y volvía caminando a casa, donde llegaba poco antes de la medianoche. Repitió ese horario todas las semanas durante todo el tiempo que sirvió en la construcción del templo.
Una vez, estando en su casa, en un fin de semana, una de las vacas le dio una patada en la pierna, destrozándole el hueso un poco más abajo de la rodilla. Con la ayuda médica de la que disponían en esas zonas rurales, su familia y sus amigos sacaron una puerta de sus bisagras y lo ataron a esa improvisada mesa de operaciones. Tomaron una sierra que habían estado empleando para cortar las ramas de un árbol cercano y le amputaron la pierna por debajo de la rodilla.
Cuando por fin, más allá de cualquier posibilidad médica, la pierna empezó a sanar, el hermano Moyle tomó un pedazo de madera y se hizo una pierna artificial. Primero caminó por la casa, luego alrededor del jardín y finalmente se aventuró por su propiedad. Cuando sintió que podía soportar el dolor, se puso la pierna, caminó los 35 kilómetros hasta el Templo de Salt Lake, se subió al andamio y, cincel en mano, grabó en la piedra: "Santidad al Señor"(Élder Jeffrey R. Holland, "Como palomas en nuestra ventana", Liahona julio 2000)
El sacrificio que el Señor nos pide para ser edificadores de Sión hoy en día es distinto. Así como los pioneros dejaron atrás sus vidas, sus posesiones, y todo lo que tenían para establecer el Reino, nosotros debemos dejar atrás todo lo que nos aleje de esta meta. Trabajar en unión, con un corazón puro, para que las palabras "Santidad al Señor" se graben, no en la piedra, sino en nuestro corazón.
El establecimiento de Sión debe ser la meta de todo miembro de la Iglesia. Hay satisfacciones y bendiciones en esta noble causa. Nuestra vida personal se transforma. El hogar ya no es un hotel sino un refugio de paz seguridad y amor. La sociedad en si cambia. En Sión, cesan las contenciones y las disputas; desaparecen las distinciones de clases y el odio; nadie es pobre, ni espiritual ni temporalmente, y deja de existir toda iniquidad. Como muchos han atestiguado, “ciertamente, no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los... creados por Dios” (4 Nefi 1:16).

lunes, 9 de febrero de 2009

¿Dónde hallo el solaz?

Obispo Mauro Rosell
Discurso pronunciado en la conferencia del Barrio Villa Serra


¿Dónde hallo el solaz, dónde el alivio cuando mi llanto nadie puede calmar, cuando muy triste estoy o enojado, y me aparto a meditar? (Himnos Nro.69)
En estos tiempos de creciente incertidumbre, hay tanto dolor, angustia y sufrimiento en todo el mundo que podría evitarse si se comprendiera y aplicara la verdad. Muchas personas tratan de encontrar la paz en la ausencia de acontecimientos externos. Es decir, tener una vida sin conflictos, sin sobresaltos. Otros sienten que cuando mejoren las condiciones sociales o políticas del lugar en que viven, encontrarán la paz. Aún así, hay muchos factores internos que hacen que no encontremos el verdadero solaz en la vida: el pecado, el orgullo, los rencores, hacen que, aunque no haya conflictos externos, nuestra alma siga atribulada.
Para muchos, la tranquilidad y la felicidad se obtienen al comprender la relación que existe entre la paz de conciencia y la paz mental, y al vivir los principios sobre los cuales se fundan ambas bendiciones. Jesucristo, durante la última cena con sus apóstoles enseñó lo siguiente:
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan14:27)
¿En qué consiste la paz que ofrece el Salvador? Dios desea que cada uno de Sus hijos disfrute de la bendición trascendental de la paz de conciencia. Una conciencia tranquila invita a estar libre de angustia, de dolor, y otorga un cimiento para la felicidad. Es una condición de inmensa valía, pero aún así, pocos sobre la tierra la disfrutan. ¿Por qué? Porque la mayoría de las veces los principios sobre los cuales se basa la paz de conciencia o no se comprenden, o no se siguen en forma apropiada.
La sanidad y la paz totales sólo se logran mediante la conversión plena del alma. El estar convertido es mucho más que ser miembro de la Iglesia. El presidente Romney comentó: “Parecería que el ser miembro de la Iglesia y el estar convertido no son necesariamente sinónimos. Estar convertido, como se utiliza aquí, y tener un testimonio, tampoco significan lo mismo. El testimonio se obtiene cuando el Espíritu Santo testifica de la verdad a la persona que sinceramente la está buscando. Un testimonio conmovedor vitaliza la fe; lo cual quiere decir que induce al arrepentimiento y a la obediencia a los mandamientos. La conversión, por otra parte, es el fruto o la recompensa del arrepentimiento y de la obediencia” (Conference Report, octubre de 1963, pág. 24).
El Libro de Mormón contiene ejemplos de personas que han logrado una conversión verdadera, han vencido los impedimentos para arrepentirse y han logrado una paz y un solaz duraderos. Veremos dos ejemplos: Enós, hijo de Jacob, y Alma, hijo de Alma.
En el Libro de Enós, leemos sobre su conversión. Enós era un joven justo, criado en “disciplina y amonestación del Señor”. Pero aún así, no había tenido una experiencia personal con el evangelio. Un día, mientras cumplía con sus tareas diarias, comenzó a meditar en las palabras que había escuchado de su padre, Jacob.
Esas palabras penetraron en su corazón profundamente, y su alma tuvo hambre de saber más sobre las enseñanzas de su padre acerca de la vida eterna. Después de haber orado todo el día, y ya entrada la noche, vino a él una voz diciendo:
“Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido...por tu fe en Cristo”. Enós escribe: “Y yo, Enós, sabía que Dios no podía mentir; por tanto, mi culpa fue expurgada” (Enós 1:5–8).
El relato del profeta Alma, hijo, es algo diferente. De joven, se había apartado de las enseñanzas de su padre y del evangelio, y había llevado una vida inicua y perversa. De manera dramática, la visita de un ángel hizo que tomara conciencia de sus pecados y de errores del pasado, y confesó haberse rebelado contra Dios. Pero después se acordó de haber oído a su padre Alma profetizar concerniente a la venida de un Jesucristo, el Hijo de Dios, quien vendría a expiar los pecados del mundo. Alma dijo: “Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que estoy en la hiel de amargura, y ceñido con las eternas cadenas de la muerte!”.
Alma experimentó dolor y culpa eternos, pero se dio cuenta de que había una posible salida mediante la Expiación. Después continúa: “Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados. Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:12–20).
Enós y Alma pudieron sanar sus almas por medio del conocimiento de que Jesús vendría a quitar todos sus pecados. Cuando sus almas sanaron, hallaron paz consigo mismo. Hay varios puntos en común en las conversiones de Enós y de Alma:
Por distintos motivos, ambos llegaron a ser plenamente conscientes de sus pecados del pasado con los que había ofendido a Dios y por los cuales había sentido remordimiento.
Ambos pudieron recordar las enseñanzas de sus padres: la promesa de la expiación de los pecados por medio de Jesucristo.
Ambos, de manera personal, imploraron suplicando por sus almas.
Ambos experimentaron el milagro de la Expiación a tal grado que ya no se pudieron acordar de los dolores de sus pecados ni tampoco sintieron culpa. La sanidad de sus almas fue completa; fueron experiencias de purificación, tanto de la mente como del corazón. El gozo reemplazó la amargura. Se convirtieron en un nuevo hombre, nacidos otra vez del Espíritu.
Ambos dedicaron sus vidas a servir a los demás, y a dar a conocer el evangelio de Jesucristo.
Lo más importante, es que el Señor puede hacer por nosotros lo que hizo por Enós y Alma. C. S. Lewis lo explica de esta manera:
“[Dios] presta Su atención infinita a cada uno de nosotros. No tiene que tratar con nosotros de manera colectiva. Uno está tan a solas con Él como si uno fuera el único ser que Él hubiese creado. Cristo murió por cada uno de nosotros como seres individuales, como si fuéramos el único hombre [o mujer] en el mundo” (Mere Christianity, 1943, pág. 131).
El relato de los santos en la época del rey Benjamín ilustra este principio. Leemos sobre la reacción de los santos después de haber escuchado a su rey y profeta enseñar acerca de los mandamientos y de la Expiación de Jesucristo:
“Y todos clamaron a una voz, diciendo: Sí, creemos todas las palabras que nos has hablado; y además, sabemos de su certeza y verdad por el Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente… Y estamos dispuestos a concertar un convenio con nuestro Dios de hacer su voluntad y ser obedientes a sus mandamientos en todas las cosas que él nos mande, todo el resto de nuestros días” (Mosíah 5:2, 5).
Notarán que esas palabras son muy similares a los compromisos que se hacen en el convenio del bautismo (véase D. y C. 20:37). Las bendiciones y las promesas de la conversión son recibidas por convenio por medio del bautismo y de la confirmación, y por medio de todas las ordenanzas del templo y del sacerdocio. Después, mediante el constante arrepentimiento, la obediencia y la fidelidad al guardar los convenios efectuados, los frutos de la conversión crecen y se desarrollan en nosotros.
A medida que la conversión madura y se sostiene mediante las obras del Espíritu Santo, el alma se sana y encuentra la paz. Un día, le preguntaron al presidente Romney cómo alguien podía saber si se había convertido. El presidente Romney respondió: “La persona puede tener la certeza de ello cuando, por el poder del Espíritu Santo, su alma es sanada. Al ocurrir eso, lo reconocerá mediante su forma de sentir, ya que se sentirá como el pueblo del rey Benjamín se sintió al recibir la remisión de sus pecados. Los anales dicen: ‘…el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo paz de conciencia…’ (Mosíah 4:3)” (en Conference Report, octubre de 1963, pág. 25).
En vísperas de navidad de 1999, siendo un misionero regular en la ciudad de Vera, Santa Fe, conocimos a Adriana Mortarino. Su vida no había sido nada fácil. Estaba alejada de su familia por antiguos entredichos, era madre separada de tres niños y el trabajo no abundaba. En estas circunstancias, no fue extraño que en nuestra primera cita no pudiera aceptar que existía un Dios que la amaba y deseaba su bienestar. Si realmente era así, ¿por qué tenía que pasar por todas esas experiencias? Su alma estaba atribulada, y carecía en absoluto de paz. Nos retiramos de esa cita con pocas esperanzas, pero antes de salir mi compañero regresó y le regaló un ejemplar del Libro de Mormón, aunque no habíamos alcanzado a presentarlo. Tras una breve explicación, le testificamos que, si lo leía con verdadera intención, llegaría a encontrar las respuestas a sus preguntas, y sabría que Dios vive y que se comunica con sus hijos.
Algunos días más tarde, regresamos a visitarla. Cuando salió de su casa, notamos que algo había cambiado en su expresión. Con lágrimas en los ojos, nos relató su experiencia. La noche en que le dejamos el Libro de Mormón, decidió leerlo sólo por curiosidad. La lectura la atrapó, y continuó leyendo durante varias horas. De repente, encontró el pasaje que habíamos marcado de antemano: Moroni 10:3-5. Sintió que debía orar al respecto, y lo hizo. Un dulce sentimiento la embargó al arrodillarse, y las lágrimas brotaron de sus ojos al reconocer que Dios estaba contestando su oración.
El Espíritu del Señor testificó a su corazón, y entonces comenzó el proceso de conversión. Poco a poco fue aprendiendo del Evangelio, y tomando compromisos de obedecer sus leyes. Parecía otra persona cuando le enseñábamos, aceptaba todo sin la menor discusión. Un enorme cambio se había efectuado en su corazón. Unas semanas después, se bautizó. Semanas más tarde, al ser yo trasladado de ese área me despidió agradeciéndome por que, gracias al evangelio, había encontrado la paz que tanto buscó.
Todos debemos pasar por el proceso de conversión. Ya sea que nos hubiéramos unido a la Iglesia de grandes, o que hubiésemos nacido en ella. Todos, en un punto de nuestras vidas, tenemos que experimentar ese cambio en el corazón, y sentir “el deseo de cantar la canción del amor que redime” (Alma 5:26). A veces nuestra experiencia será como la de Enós, y la conversión vendrá por nuestro deseo sincero de conocer la verdad. Otras veces, seremos como Alma, y llegaremos a experimentar la dulzura de la redención sólo después de haber sentido la hiel de la amargura de nuestros pecados. En cualquier caso, deberemos clamar el auxilio del Salvador y llegar a buscar su ayuda. Entonces, a medida que aplicamos Sus enseñanzas en nuestras vidas y vivimos el evangelio, llegamos a sanar de nuestras heridas, a encontrar solaz, a encontrar la paz.
“El siempre cerca está; me da Su mano. En mi Getsemaní es mi Salvador. El sabe dar la paz que tanto quiero. Con gran bondad y amor me da valor” (Himnos, Nro.69).

lunes, 28 de enero de 2008

GORDON B. HINCKLEY: EDIFICADOR DE VIDAS.

Esta mañana el día amaneció gris y triste, y una débil llovizna me acompañó el trayecto hasta mi trabajo. Era como si los cielos lloraran suavemente por alguna razón. Mi corazón se confundió con el cielo cuando abrí mi correo electrónico y leí la noticia de que la noche anterior había fallecido Gordon Bittner Hinckley, decimoquinto Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y Profeta del Señor.

Para los que somos conversos con pocos años en la Iglesia, el Presidente Hinckley era el profeta. Escuchamos hablar a los más experimentados de los Presidentes Kimball, Benson o MacKay, estudiamos sus inspiradas palabras y aplicamos sus consejos. Pero, al menos a mi, cuando pienso en un profeta, la imagen del Presidente Gordon B. Hinckely viene a mi mente.

Recuerdo aún la primera vez que oí hablar de él. En la primavera de 1996, cuando era un estudiante universitario, una compañera nos dijo un día que no podría asistir a un examen muy importante, ya que tenía que viajar a Buenos Aires. Cuando le pregunté qué era lo que ella consideraba tan prioritario como para no rendir ese examen, me contestó: “voy a escuchar al Profeta”.

Seguidamente sacó de su bolso una tarjeta de invitación amarilla, con la fotografía del Presidente Hinckley impresa en ella. Me explicó que esa persona era el Presidente de la Iglesia a la cual ella asistía, que se lo consideraba el Profeta de Dios sobre la tierra. Me llamó mucho la atención su aspecto. Más que un profeta, parecía un dulce y tierno abuelo, de esos que a menudo vemos paseando con sus nietos. Pero había algo en su rostro, una dignidad y una majestuosidad raras veces vistas en un hombre. Esas cualidades lo hacían familiar y extraordinario al mismo tiempo. Más tarde, me di cuenta que ese mismo día llegué a saber en mi corazón que Gordon B. Hinckley era el Profeta de Dios.

Luego de mi conversión el verano siguiente, aprendí a amar la dulce voz del Presidente Hinckley y su sutil sentido del humor. Esperaba ansiosamente escucharle en la Conferencias Generales, o leer sus palabras en las revistas de la Iglesia. Su consejo inspirado me ayudó a tomar la decisión de servir una misión, de ser digno de entrar al Templo para sellarme con mi esposa por la eternidad, de vivir una vida recta. En un maravilloso mensaje titulado “Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día”, él dijo:

“Esa joven deseará contraer matrimonio con alguien que la ame, que confíe en ella, que ande a su lado, que sea su mejor amigo y compañero. Deseará casarse con alguien que la aliente en sus actividades de la Iglesia y en las de la comunidad que les ayudará a desarrollar su talento y a hacer una contribución más grande a la sociedad. Deseará casarse con alguien que tenga un sentido de prestar servicio a los demás, que esté dispuesto a contribuir a la Iglesia y otras causas buenas.”1

Siendo un misionero, recuerdo haber participado en una transmisión histórica, en que el Presidente Hinckley se dirigió a los misioneros y líderes de la Iglesia. En ella enseñó sobre la importante obra de predicar el Evangelio y de fortalecer a los nuevos conversos. Ese mensaje se conoce como “Apacienta mis ovejas”, y sirvió de guía e inspiración en el trabajo de muchos misioneros:

“Hermanos y hermanas, a todos ustedes en los barrios y estacas y los distritos y las ramas quiero invitarlos a que formen parte de un amplio ejército con verdadero entusiasmo por esta obra y con un enorme deseo de ayudar a los misioneros en la inmensa responsabilidad que tienen de llevar el Evangelio a toda nación tribu, lengua y pueblo.”

“Les ruego... que reciban con los brazos abiertos a los que se unan a la Iglesia y se hagan amigos de ellos, que los hagan sentir bienvenidos y cómodos, y veremos resultados maravillosos. El Señor les bendecirá para que puedan ayudar en este gran proceso de la retención de conversos.”2

Su decidida defensa de las familias y de los valores morales le valió varios reconocimientos y condecoraciones. Uno de los hitos de su administración es el documento conocido como “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, en donde la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles exhortan a todo el mundo a defender y fortalecer la institución de la Familia:

”La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa. Hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes. Por designio divino, el padre debe presidir sobre la familia con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la vida. La responsabilidad primordial de la madre es criar a los hijos. En estas responsabilidades sagradas, el padre y la madre, como iguales, están obligados a ayudarse mutuamente.”3

El Presidente Hinckley tenía un fuerte testimonio del Salvador Jesucristo, y viajó por muchos lugares del mundo sirviendo como testigo de la divina misión del Redentor. Su fervorosos sentimientos sobre el Salvador Jesucristo quedó plasmado, junto con el de los Doce Apóstoles el la proclamación titulada “El Cristo viviente”:

“Al conmemorar el nacimiento de Jesucristo hace dos milenios, manifestamos nuestro testimonio de la real­idad de Su vida incomparable y de la virtud infinita de Su gran sacrificio expiatorio. Ninguna otra persona ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que han vivido y los que aún vivirán sobre la tierra.”

“Damos testimonio, en calidad de Sus apóstoles debida­mente ordenados, de que Jesús es el Cristo Viviente, el inmor­tal Hijo de Dios. El es el gran Rey Emanuel, que hoy está a la diestra de Su Padre. Él es la luz, la vida y la esperanza del mundo. Su camino es el sendero que lleva a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero. Gracias sean dadas a Dios por la dádiva incomparable de Su Hijo divino.”4

Su profundo amor y preocupación por la juventud de la Iglesia quedó demostrado cuando, en una reunión especial en 2001, se dirigió a los jóvenes, les brindó consejo y oró por ellos:

“Oh Dios, nuestro Padre Eterno, como Tu siervo, me inclino ante Ti en oración en beneficio de estos jóvenes diseminados por la tierra, quienes están reunidos esta noche en congregaciones por todas partes. Ten a bien sonreír con aprobación sobre ellos. Por favor escúchalos a medida que eleven sus voces en oración a Ti. Por favor llévalos tiernamente de la mano en la dirección que deben seguir.”
“Por favor ayúdalos a andar en los senderos de verdad y de rectitud y guárdalos de la maldad del mundo. Bendícelos para que sean felices unas veces y serios en otras, para que puedan gozar de la vida y beber de su plenitud. Bendícelos para que anden aceptablemente ante Ti como Tus preciados hijos e hijas. Cada uno de ellos es Tu hijo, con la capacidad de realizar cosas grandes y nobles.”
“Consérvalos en el alto sendero que conduce al éxito. Presérvalos de los errores que podrían destruirlos. Si han errado, perdona sus transgresiones y llévalos de nuevo a los caminos de paz y de progreso.”
“Estas bendiciones las suplico humildemente con gratitud por ellos e invoco Tus bendiciones sobre ellos con amor y afecto, en el nombre de Él, que lleva las cargas de nuestros pecados, sí, el Señor Jesucristo. Amén.”5

Siempre fue un profundo conocedor y divulgador de la historia de la Iglesia. En su último discurso en una Conferencia General, el Presidente Hinckley describió el progreso del Reino de Dios sobre la tierra desde aquella humilde oración del joven José Smith, y testificó de la naturaleza divina de ésta obra:

“La Iglesia se ha convertido en una enorme familia diseminada por toda la tierra. Está sucediendo algo maravilloso y extraordinario; el Señor está cumpliendo Su promesa de que Su evangelio sería como la piedra cortada del monte, no con mano, que rodaría hasta llenar toda la tierra, como se le manifestó a Daniel en una visión (véase Daniel 2:31-45; D. y C. 65:2). Está ocurriendo un milagro ante nuestros ojos.”6

El presidente Hinckley, con su administración inspirada, fue responsable de gran parte de este crecimiento asombroso. Durante su ministerio como profeta, se alcanzaron los trece millones de miembros de la Iglesia en todo el mundo. El programa de construcción por él revelado duplicó el número de Templos dedicados en el planeta, llevándolos a ciento veintisiete. Sus constantes viajes por las naciones bendijeron, elevaron e inspiraron a las personas y fortalecieron sus testimonios. Sin duda, el Presidente Hinckley será recordado como un edificador, no sólo de Templos, sino como un edificador de vidas, un edificador del Reino de Dios.

Amamos al Presidente Hinckley y lo vamos a extrañar. Seguramente ahora está reuniéndose con su amada Marjorie, su compañera de toda la vida y de toda la eternidad, de quién tanto le costó separarse hace algunos años. Seguramente estará recibiendo las bendiciones reservadas a aquellos grandes y nobles. Que el Señor le bendiga en su tan merecido reposo. Que nos bendiga a nosotros para recordar siempre sus enseñanzas, para seguir siempre su ejemplo como discípulos del Señor Jesucristo.

Se que Gordon B. Hinckley fue un Profeta del Señor, y que por medio de él, nuestro Padre Celestial nos ha dado la guía necesaria para enfrentar estos tiempos tan desafiantes que nos toca vivir. Nuevamente, amamos al Presidente Hinckley. Hoy más que nunca, cantamos con fervor:

“Te damos, Señor, nuestras gracias,
que mandas de nuevo venir
profetas con Tu Evangelio,
guiándonos como vivir.”7




Notas:

1 Gordon B. Hinckley, “Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día ”, Liahona, Julio de 1998.

2 Gordon B. Hinckley, “Apacienta mis ovejas”, Liahona, Julio de 1999.

3 La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles, “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”.

4 La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles, “El Cristo viviente”, Liahona, Abril de 2001.

5 Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, Abril de 2001.

6 Gordon B. Hinckley, “La piedra cortada del monte”, Liahona, Noviembre de2007.

7 “Te damos, Señor, nuestras gracias.”, Himnos, Número 10.