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sábado, 3 de abril de 2010

viernes, 2 de abril de 2010

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

Existe un hermoso poema anónimo inglés del siglo XIV llamado Pearl (Perla), que constituye una de las elegías medievales más conmovedoras. Tomando la imagen de un joyero que ha perdido su perla en un huerto, éste describe a un padre lamentándose por su hija pequeña muerta en el cementerio donde está enterrada. Se queda dormido con la cabeza sobre el túmulo de su tumba y es arrebatado a una tierra extraña donde toda su pena desaparece de pronto, y donde para su regocijo ve a su hija perdida frente a él, en la otra orilla de un río.


Que triste ha estado, dice él; no tenías necesidad de ello, replica la chica. Bastante cierto, asiente él, porque la ha encontrado y vivirá con ella en alegría a partir de entonces; no, dice la hija, ella no está allí, él no puede reunirse con ella, no puede cruzar el río. No me envíes de nuevo a casa, ruega él. ¿Por qué siempre estás hablando de pena?, pregunta ella con firmeza. Ante esto, el padre abandona su papel activo y se humilla, pero repite su pena en la apología:


“Has sido para mí tanto alegría como dolor,
mas la pena ha sido mucho mayor;
nunca supe, una vez fuiste apartada de los peligros de este mundo,
donde había marchado mi perla.
Pero ahora que lo veo, mi tristeza está aliviada.
Y cuando fuimos separados, no había discordia entre nosotros.
Dios prohíba que ahora nos enfademos el uno con el otro,
nos encontramos tan rara vez entre los árboles y las piedras...”
1

Encontrarse "tan rara vez entre los árboles y las piedras", representa una metáfora bastante acertada de la desesperanza y de la separación definitiva. Al final del poema, el padre se dará cuenta de que el río era la muerte y que el lugar en que se encontraba su hija era una premonición del Paraíso. Mucho más cerca en el tiempo, otra poema llamado Hacia el oeste expresa una idea y una pena similar:

“Recuesta tu atribulada cabeza
la noche ya cae, has llegado al final de tu jornada.
Duerme, y sueña con aquellos que te precedieron.
Están llamándote desde una playa distante.
¿Por qué lloras? ¿Qué son esas lágrimas en tu rostro?
Pronto verás que todos tus temores desaparecen,
seguro en mis brazos, sólo estás durmiendo.
La esperanza se desvanece en el mundo de la noche
Las sombras caen más allá de la memoria y el tiempo.
No digas que has llegado al final
Las costas de luz te llaman, tu y yo volveremos a encontrarnos
Y estarás aquí, en mis brazos, sólo durmiendo.”
2
Esta canción describe, mediante la tierna consolación de un narrador anónimo, el sutil trance de la muerte. Nuevamente, la separación de la vida se representa como el agua intermedia, en este caso el mar. Esta idea del agua que el viajero debe atravesar al finalizar su vida para llegar al paraíso, así como el simbolismo del oeste como la tierra de los muertos, son recurrente en muchas culturas.
En ambos poemas se describe una de los dilemas que han preocupado a la humanidad desde los albores de los tiempos. ¿Qué sucede con nosotros cuando morimos? ¿Algo perdura en el tiempo más allá de este cuerpo mortal? ¿Volveremos a ver alguna vez a nuestros seres queridos que ya han partido? O, como lo expuso Job en la antigüedad:
Mas el hombre morirá y yacerá inerte;
y perecerá el hombre, ¿y dónde estará él?
Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?
3

Las doctrinas del Libro de Mormón en cuanto a la muerte y la resurrección.

Esa angustia ante la separación y lo desconocido es parte esencial de nuestro estado caído. El Señor enseñó a Moisés:

Y él les dijo: Por motivo de que Adán cayó, nosotros existimos; y por su caída vino la muerte; y somos hechos partícipes de miseria y angustia. 4

La miseria y angustia a la cual se refiere Moisés no es sólo la que provocan el temor a lo desconocido y el dolor por la separación. Llegamos a ser miserables porque la muerte física nos separa de Dios, y constituye una barrera infranqueable en nuestro retorno a nuestro hogar Celestial.5 En Su misericordia, el Señor reveló a través de sus Profetas importantes verdades acerca de la oscuridad de la muerte, para que no tengamos miedo, y podamos cumplir nuestros propósitos en esta vida con esperanza de un mundo mejor. 6 Como en muchos otros asuntos, El Libro de Mormón brinda claridad sobre lo que sucederá con nosotros en el momento de la muerte y la resurrección.

Porque así como la muerte ha pasado sobre todos los hombres, para cumplir el misericordioso designio del gran Creador, también es menester que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor.7


Mas he aquí, las ligaduras de la muerte serán quebrantadas; y el Hijo reinará y tendrá poder sobre los muertos; por tanto, llevará a efecto la resurrección de los muertos.8

Ahora bien, hay una muerte que se llama la muerte temporal; y la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte.
El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma, tal como nos hallamos ahora; y seremos llevados ante Dios, conociendo tal como ahora conocemos, y tendremos un vivo recuerdo de toda nuestra culpa.
Pues bien, esta restauración vendrá sobre todos, tanto viejos como jóvenes, esclavos así como libres, varones así como mujeres, malvados así como justos; y no se perderá ni un solo pelo de su cabeza, sino que todo será restablecido a su perfecta forma, o en el cuerpo, cual se encuentra ahora, y serán llevados a comparecer ante el tribunal de Cristo el Hijo, y Dios el Padre, y el Santo Espíritu, que son un Eterno Dios, para ser juzgados según sus obras, sean buenas o malas.
9


Ahora bien, respecto al estado del alma entre la muerte y la resurrección, he aquí, un ángel me ha hecho saber que los espíritus de todos los hombres, en cuanto se separan de este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida.10


...pero esto sí digo, que hay un intervalo entre la muerte y la resurrección del cuerpo, y un estado del alma en felicidad o en miseria, hasta el tiempo que Dios ha señalado para que se levanten los muertos, y sean reunidos el alma y el cuerpo, y llevados a comparecer ante Dios, y ser juzgados según sus obras.
Sí, esto lleva a efecto la restauración de aquellas cosas que se han declarado por boca de los profetas.
El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma.11


Siendo un joven misionero, una noche regresábamos a nuestro apartamento, cuando mi compañero y yo sentimos que debíamos golpear una puerta más. Un niño nos atendió en la puerta y nos dijo que su abuela no podía atendernos. Atisbamos por un costado de la puerta y vimos una señora llorando en la sala. Cuando preguntamos si necesitaba ayuda, ella nos contó que su hijo había muerto el día anterior en un accidente de autos, dejando a su esposa y tres niños. Expresó también que no podía soportar la angustia de la separación, y que incluso había pensado en suicidarse.
Buscando consolarla, compartimos la escritura en el capítulo 11 de Alma, en el Libro de Mormón: la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte. El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma, tal como nos hallamos ahora... Testificamos que, gracias al infinito sacrificio de Jesucristo, llegaría el día en que ella se encontraría nuevamente con su hijo, y tendría la oportunidad de vivir eternamente con él y toda su familia. Su expresión cambió, su mirada atribulada dejó lugar a un atisbo de esperanza reflejado en sus ojos. La esperanza que viene de escuchar la palabra que sana el alma herida. La esperanza que viene de escuchar la eterna verdad del Evangelio expresada en las sencillas palabras del Libro de Mormón.


La salvación de los muertos.


Así como las escrituras aclaran sobre lo que sucede luego de esta vida, también la palabra de los profetas enseñan acerca de la salvación que aguarda a los que murieron sin conocer el evangelio, y cuál será nuestra relación con nuestros seres queridos en la otra vida.

He aquí, yo os enviaré a Elías el profeta antes que venga el día grande y terrible del Señor;y él volverá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a sus padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con una maldición. 12

Concluida esta visión, se nos desplegó otra visión grande y gloriosa; porque Elías el profeta, que fue llevado al cielo sin gustar la muerte, se apareció ante nosotros, y dijo: He aquí, ha llegado plenamente el tiempo del cual se habló por boca de Malaquías, testificando que él [Elías el profeta] sería enviado antes que viniera el día grande y terrible del Señor, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres, para que el mundo entero no fuera herido con una maldición. Por tanto, se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación; y por esto sabréis que el día grande y terrible del Señor está cerca, sí, a las puertas. 13


Así se predicó el evangelio a los que habían muerto en sus pecados, sin el conocimiento de la verdad, o en transgresión por haber rechazado a los profetas. A ellos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos, y todos los demás principios del evangelio que les era menester conocer, a fin de habilitarse para que fuesen juzgados en la carne según los hombres, pero vivieran en espíritu según Dios. De modo que se dio a conocer entre los muertos, pequeños así como grandes, tanto a los inicuos como a los fieles, que se había efectuado la redención por medio del sacrificio del Hijo de Dios sobre la cruz. 14


Elías, cual fue profetizado en la antigüedad, restauró la autoridad para sellar las generaciones por todo el tiempo y por toda la eternidad. A través del profeta José Smith, las llaves que permiten que los lazos de amor perduren más allá de la muerte, se ponen a disposición de todos los que reciban las ordenanzas del Santo Templo.
Gracias a estas doctrinas y ordenanzas reveladas en estos últimos días, podemos comprender cabalmente la magnitud del sacrificio del Salvador, y de la esperanza que viene de poner nuestra fe en Él.
Y si Cristo no hubiese resucitado de los muertos, o si no hubiese roto las ligaduras de la muerte, para que el sepulcro no tuviera victoria, ni la muerte aguijón, no habría habido resurrección. Mas hay una resurrección; por tanto, no hay victoria para el sepulcro, y el aguijón de la muerte es consumido en Cristo.15


Con gozo, unimos nuestra voz a la de todos los santos profetas, y declaramos que Él vive. Jesucristo venció la muerte y abrió sus puertas para que todos puedan resucitar y ser juzgados. El apóstol Pablo declaró: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.16
En este tiempo de Pascua, en esta mañana gloriosa de la resurreción, resuenan en nuestros corazones las eternas palabras de Job: Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo.17


Notas:
1 “Pearl”, edición de E. V. Gordon, Oxford, Clarendon Press, 1953, traducción libre.
2 “In to the west”, letra de Fran Walsh, Howard Shore y Annie Lennox, traducción libre.
3 Job 14:10, 14
4 Moises 6:48
5 véase 2 Nefi 2:27-28; 9:8-9
6 véase Eter 12:4
7 2 Nefi 9:6
8 Mosíah 15:20
9 Alma 11:42-44
10 Alma 40: 11
11 Alma 40:21-23
12 3 Nefi 25:5-6
13 D. y C. 110:13-16
14 D. y C. 138:33-34
15 Mosíah 16:7-8
16 1 Cor. 15:55-56
17 Job 19:25

jueves, 22 de octubre de 2009

domingo, 28 de junio de 2009

¡El campo blanco está ya para la siega!

El mes de mayo ha sido un mes próspero para la predicación del evangelio en el barrio Villa Serra. Gracias a los esfuerzos de misioneros y miembros, en lo que va del mes se han bautizado cinco hermanos, y el próximo sábado 30 lo hará el sexto.Estos son los nuevos conversos:

El sábado 9, Melany Antivil fue bautizada por el Elder Beals.
El sábado 16, Agustina Pino entró en las aguas del bautismo, siendo Maximiliano Fabri quien ofició la ordenanza.

El sábado 23, Sebastián Rodríguez, Nadia Antonella Rodríguez y Sergio Osvaldo Melillán fueron bautizados por Elder Van Wagenen, Elder Beals y Juan Alberto Valdés, respectivamente.



lunes, 9 de febrero de 2009

¿Dónde hallo el solaz?

Obispo Mauro Rosell
Discurso pronunciado en la conferencia del Barrio Villa Serra


¿Dónde hallo el solaz, dónde el alivio cuando mi llanto nadie puede calmar, cuando muy triste estoy o enojado, y me aparto a meditar? (Himnos Nro.69)
En estos tiempos de creciente incertidumbre, hay tanto dolor, angustia y sufrimiento en todo el mundo que podría evitarse si se comprendiera y aplicara la verdad. Muchas personas tratan de encontrar la paz en la ausencia de acontecimientos externos. Es decir, tener una vida sin conflictos, sin sobresaltos. Otros sienten que cuando mejoren las condiciones sociales o políticas del lugar en que viven, encontrarán la paz. Aún así, hay muchos factores internos que hacen que no encontremos el verdadero solaz en la vida: el pecado, el orgullo, los rencores, hacen que, aunque no haya conflictos externos, nuestra alma siga atribulada.
Para muchos, la tranquilidad y la felicidad se obtienen al comprender la relación que existe entre la paz de conciencia y la paz mental, y al vivir los principios sobre los cuales se fundan ambas bendiciones. Jesucristo, durante la última cena con sus apóstoles enseñó lo siguiente:
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan14:27)
¿En qué consiste la paz que ofrece el Salvador? Dios desea que cada uno de Sus hijos disfrute de la bendición trascendental de la paz de conciencia. Una conciencia tranquila invita a estar libre de angustia, de dolor, y otorga un cimiento para la felicidad. Es una condición de inmensa valía, pero aún así, pocos sobre la tierra la disfrutan. ¿Por qué? Porque la mayoría de las veces los principios sobre los cuales se basa la paz de conciencia o no se comprenden, o no se siguen en forma apropiada.
La sanidad y la paz totales sólo se logran mediante la conversión plena del alma. El estar convertido es mucho más que ser miembro de la Iglesia. El presidente Romney comentó: “Parecería que el ser miembro de la Iglesia y el estar convertido no son necesariamente sinónimos. Estar convertido, como se utiliza aquí, y tener un testimonio, tampoco significan lo mismo. El testimonio se obtiene cuando el Espíritu Santo testifica de la verdad a la persona que sinceramente la está buscando. Un testimonio conmovedor vitaliza la fe; lo cual quiere decir que induce al arrepentimiento y a la obediencia a los mandamientos. La conversión, por otra parte, es el fruto o la recompensa del arrepentimiento y de la obediencia” (Conference Report, octubre de 1963, pág. 24).
El Libro de Mormón contiene ejemplos de personas que han logrado una conversión verdadera, han vencido los impedimentos para arrepentirse y han logrado una paz y un solaz duraderos. Veremos dos ejemplos: Enós, hijo de Jacob, y Alma, hijo de Alma.
En el Libro de Enós, leemos sobre su conversión. Enós era un joven justo, criado en “disciplina y amonestación del Señor”. Pero aún así, no había tenido una experiencia personal con el evangelio. Un día, mientras cumplía con sus tareas diarias, comenzó a meditar en las palabras que había escuchado de su padre, Jacob.
Esas palabras penetraron en su corazón profundamente, y su alma tuvo hambre de saber más sobre las enseñanzas de su padre acerca de la vida eterna. Después de haber orado todo el día, y ya entrada la noche, vino a él una voz diciendo:
“Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido...por tu fe en Cristo”. Enós escribe: “Y yo, Enós, sabía que Dios no podía mentir; por tanto, mi culpa fue expurgada” (Enós 1:5–8).
El relato del profeta Alma, hijo, es algo diferente. De joven, se había apartado de las enseñanzas de su padre y del evangelio, y había llevado una vida inicua y perversa. De manera dramática, la visita de un ángel hizo que tomara conciencia de sus pecados y de errores del pasado, y confesó haberse rebelado contra Dios. Pero después se acordó de haber oído a su padre Alma profetizar concerniente a la venida de un Jesucristo, el Hijo de Dios, quien vendría a expiar los pecados del mundo. Alma dijo: “Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que estoy en la hiel de amargura, y ceñido con las eternas cadenas de la muerte!”.
Alma experimentó dolor y culpa eternos, pero se dio cuenta de que había una posible salida mediante la Expiación. Después continúa: “Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados. Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:12–20).
Enós y Alma pudieron sanar sus almas por medio del conocimiento de que Jesús vendría a quitar todos sus pecados. Cuando sus almas sanaron, hallaron paz consigo mismo. Hay varios puntos en común en las conversiones de Enós y de Alma:
Por distintos motivos, ambos llegaron a ser plenamente conscientes de sus pecados del pasado con los que había ofendido a Dios y por los cuales había sentido remordimiento.
Ambos pudieron recordar las enseñanzas de sus padres: la promesa de la expiación de los pecados por medio de Jesucristo.
Ambos, de manera personal, imploraron suplicando por sus almas.
Ambos experimentaron el milagro de la Expiación a tal grado que ya no se pudieron acordar de los dolores de sus pecados ni tampoco sintieron culpa. La sanidad de sus almas fue completa; fueron experiencias de purificación, tanto de la mente como del corazón. El gozo reemplazó la amargura. Se convirtieron en un nuevo hombre, nacidos otra vez del Espíritu.
Ambos dedicaron sus vidas a servir a los demás, y a dar a conocer el evangelio de Jesucristo.
Lo más importante, es que el Señor puede hacer por nosotros lo que hizo por Enós y Alma. C. S. Lewis lo explica de esta manera:
“[Dios] presta Su atención infinita a cada uno de nosotros. No tiene que tratar con nosotros de manera colectiva. Uno está tan a solas con Él como si uno fuera el único ser que Él hubiese creado. Cristo murió por cada uno de nosotros como seres individuales, como si fuéramos el único hombre [o mujer] en el mundo” (Mere Christianity, 1943, pág. 131).
El relato de los santos en la época del rey Benjamín ilustra este principio. Leemos sobre la reacción de los santos después de haber escuchado a su rey y profeta enseñar acerca de los mandamientos y de la Expiación de Jesucristo:
“Y todos clamaron a una voz, diciendo: Sí, creemos todas las palabras que nos has hablado; y además, sabemos de su certeza y verdad por el Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente… Y estamos dispuestos a concertar un convenio con nuestro Dios de hacer su voluntad y ser obedientes a sus mandamientos en todas las cosas que él nos mande, todo el resto de nuestros días” (Mosíah 5:2, 5).
Notarán que esas palabras son muy similares a los compromisos que se hacen en el convenio del bautismo (véase D. y C. 20:37). Las bendiciones y las promesas de la conversión son recibidas por convenio por medio del bautismo y de la confirmación, y por medio de todas las ordenanzas del templo y del sacerdocio. Después, mediante el constante arrepentimiento, la obediencia y la fidelidad al guardar los convenios efectuados, los frutos de la conversión crecen y se desarrollan en nosotros.
A medida que la conversión madura y se sostiene mediante las obras del Espíritu Santo, el alma se sana y encuentra la paz. Un día, le preguntaron al presidente Romney cómo alguien podía saber si se había convertido. El presidente Romney respondió: “La persona puede tener la certeza de ello cuando, por el poder del Espíritu Santo, su alma es sanada. Al ocurrir eso, lo reconocerá mediante su forma de sentir, ya que se sentirá como el pueblo del rey Benjamín se sintió al recibir la remisión de sus pecados. Los anales dicen: ‘…el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo paz de conciencia…’ (Mosíah 4:3)” (en Conference Report, octubre de 1963, pág. 25).
En vísperas de navidad de 1999, siendo un misionero regular en la ciudad de Vera, Santa Fe, conocimos a Adriana Mortarino. Su vida no había sido nada fácil. Estaba alejada de su familia por antiguos entredichos, era madre separada de tres niños y el trabajo no abundaba. En estas circunstancias, no fue extraño que en nuestra primera cita no pudiera aceptar que existía un Dios que la amaba y deseaba su bienestar. Si realmente era así, ¿por qué tenía que pasar por todas esas experiencias? Su alma estaba atribulada, y carecía en absoluto de paz. Nos retiramos de esa cita con pocas esperanzas, pero antes de salir mi compañero regresó y le regaló un ejemplar del Libro de Mormón, aunque no habíamos alcanzado a presentarlo. Tras una breve explicación, le testificamos que, si lo leía con verdadera intención, llegaría a encontrar las respuestas a sus preguntas, y sabría que Dios vive y que se comunica con sus hijos.
Algunos días más tarde, regresamos a visitarla. Cuando salió de su casa, notamos que algo había cambiado en su expresión. Con lágrimas en los ojos, nos relató su experiencia. La noche en que le dejamos el Libro de Mormón, decidió leerlo sólo por curiosidad. La lectura la atrapó, y continuó leyendo durante varias horas. De repente, encontró el pasaje que habíamos marcado de antemano: Moroni 10:3-5. Sintió que debía orar al respecto, y lo hizo. Un dulce sentimiento la embargó al arrodillarse, y las lágrimas brotaron de sus ojos al reconocer que Dios estaba contestando su oración.
El Espíritu del Señor testificó a su corazón, y entonces comenzó el proceso de conversión. Poco a poco fue aprendiendo del Evangelio, y tomando compromisos de obedecer sus leyes. Parecía otra persona cuando le enseñábamos, aceptaba todo sin la menor discusión. Un enorme cambio se había efectuado en su corazón. Unas semanas después, se bautizó. Semanas más tarde, al ser yo trasladado de ese área me despidió agradeciéndome por que, gracias al evangelio, había encontrado la paz que tanto buscó.
Todos debemos pasar por el proceso de conversión. Ya sea que nos hubiéramos unido a la Iglesia de grandes, o que hubiésemos nacido en ella. Todos, en un punto de nuestras vidas, tenemos que experimentar ese cambio en el corazón, y sentir “el deseo de cantar la canción del amor que redime” (Alma 5:26). A veces nuestra experiencia será como la de Enós, y la conversión vendrá por nuestro deseo sincero de conocer la verdad. Otras veces, seremos como Alma, y llegaremos a experimentar la dulzura de la redención sólo después de haber sentido la hiel de la amargura de nuestros pecados. En cualquier caso, deberemos clamar el auxilio del Salvador y llegar a buscar su ayuda. Entonces, a medida que aplicamos Sus enseñanzas en nuestras vidas y vivimos el evangelio, llegamos a sanar de nuestras heridas, a encontrar solaz, a encontrar la paz.
“El siempre cerca está; me da Su mano. En mi Getsemaní es mi Salvador. El sabe dar la paz que tanto quiero. Con gran bondad y amor me da valor” (Himnos, Nro.69).